Mis comienzos fueron en la Universidad Popular; después pasé a la escuela de arte e hice un ciclo de cerámica. En esa época descubrí el Centro Locero de La Atalaya, fue una conexión tremenda. Me enamoré del sitio y dije: “aquí voy a venir a trabajar yo”. Y bueno, así fue.
Al entrar al centro conocí a Gustavo, siempre le estaré agradecida por haber sido mi maestro. Él me enseñó esto, sobre todo, la conexión con la tierra. Me enseñó a respetarla y a trabajarla como debe ser. Cuando te inicias en la alfarería te unes a la tierra, al menos así lo siento yo. En ese proceso noté una transformación en mí, una mayor empatía con la naturaleza. Me siento más unida a la tierra, más cuidadora.
Hoy en día, trabajar de la manera en que yo aprendí es, en cierto modo, una lucha. Muchas personas buscan crear obras más artísticas, mientras que yo intento preservar la tradición y la cerámica popular.
Cuando imparto cursos de cerámica creativa, no me importa que cada alumno haga las obras que desee. Sin embargo, cuando trabajamos esta parte del oficio, mi propósito es mantener la tradición, aquello que elaboraban las loceras.
A veces tengo una lucha interna, que no deja de ser un reflejo de la sociedad actual: todo va demasiado deprisa y todo es de consumo inmediato. Por eso siempre les digo a mis alumnos: “ustedes primero están aprendiendo la raíz, sin prisas. Después, cuando trabajen por su cuenta, podrán explorar otras técnicas más modernas, y aun así descubrirán la cantidad de similitudes que existen entre unas y otras.”
En el salón y en la cocina de mi casa también tengo algunas de mis piezas creativas, y diferentes personas que las han visto me dicen: “Ah, entonces no eres tan radical como dices” (risas).
Yo admiro también las creaciones modernas, la modernidad me gusta. Pero lo que yo enseño es la base, la raíz. Por eso, a veces me siento un poco incomprendida cuando doy clase. En mis talleres hay cuatro grupos, y en cada uno hay 13 o 14 personas. Sé que, de esos cuatro grupos, quizá salga una o dos personas que realmente continúe por este camino. No sé quién se quedará haciendo esto, porque, por suerte, hoy en día la gente joven estudia, tienen sus carreras, y muchas veces se acercan a la cerámica como un hobby, que también está muy bien. A los que veo realmente implicados, procuro abrigarlos, acogerlos y engolosinarlos, aunque sé que no es fácil.
A mi alumnos primero los cato, porque no puedes llevar a cualquiera a un lugar donde hay una veta de barro. Antes tienes que saber qué tipo de personas son. Después los llevo a recogerlo y hay que cavar un poquito –a veces hasta metro y medio– para sacar una veta limpia. Hay que respetar a la tierra. A mí me enseñaron que, cuando se coge el barrito, se destapa la veta, pero que al marcharte, debes volver a taparla.
Lo que tiene este trabajo es que todo te lo aporta la naturaleza: las piedras, las cañas, la arena y el barro.
Para trabajar el barro necesito que tenga plasticidad. ¿Y qué significa eso? Que le eches un poquito de agua, te atrevas a mojarte las manos y a ensuciártelas, hagas un churrito y puedas enroscarlo como si fuera plastilina, sin que se parta.
Para prepararlo, primero hay que ponerlo al sol, bien extendido, para que se deshidrate. Cuando ya está seco, se empieza a machacar con piedras, con cantos rodados bonitos que tengas por ahí. Lo haces cachitos pequeños, los metes en el agua y comienzas a removerlo. Después se deja reposar unos días.
Hay una palabra que a mí me gusta utilizar: “amorosito”. Es ese barro que se deja querer, que no se te pega ni en las manos ni en los pies. Entonces lo extiendes sobre la arena y empiezas a pisarlo para que se vaya mezclando. La arena es importante porque actúa como desgrasante, ya que este barro volcánico es muy graso. Luego haces los bastos* y vas amasando un poquito cada vez que lo necesitas, añadiéndole algo más de arena. Y ahí empieza ya el levantamiento de la pieza.
La manera de construirla es mediante la técnica del urdido: vas haciendo churritos y los vas pegando sobre la base. Para retirar el excedente de barro se utiliza el devastador, que suele provenir de los anillos de hierro de los barriles de vino. En cierto modo, también ahí había un vínculo con las loceras, porque ellas conseguían ese material mediante trueque con los dueños de las bodegas: entregaban una pieza a cambio de un arito de esos barriles, con los que luego fabricaban sus herramientas.
Cuando las piezas empiezan a endurecerse un poco, se quedan buenas para trabajarlas: puedes apoyarlas sobre el muslo y sin que se deformen.
La loza engloba todo lo que se utilizó en otra época en las casas: el bernegal**, las jarras de salazón, los calderos, las ollas, las cazuelas para el vino, el tostador de castañas e incluso los juguetes. Las loceras hacían para las niñas lo mismo que ellas tenían en casa, pero en tamaños pequeñitos. Los niños han sido niños en todas las épocas y siempre han necesitado jugar.
Un día estaba haciendo piezas –tostadores de castañas, vasitos de vino– y me di cuenta de que estaba trabajando en serie. Fue entonces cuando pensé: “me parece que soy locera, porque esta es la manera en que trabajan ellas”. Nunca voy a llegar a su nivel, trabajo constantemente, pero mi ego no es tan grande como para decir que estoy a su altura. Aún así, sí puedo decir que soy una locera moderna, una locera de hoy.
Fueron mujeres que lucharon muchísimo, que pasaron miseria. Vivían en poblados dedicados a la producción de loza, como La Atalaya, Hoya Pineda, Lugarejo.
Aquella producción estaba destinada a todos los hogares, también. A los de la gente adinerada, que compraba las mejores piezas. Fabricaban y luego vendían por toda la isla, según la zona. Era gente bastante humilde.
Una vez me encontré en Hoya Pineda con una mujer ya mayor que había sido locera, y me dijo: “A mí me salieron los dientes en el barro y se me cayeron en el barro”. Esa frase dice mucho sobre lo que pasaron esas mujeres.
Hace tiempo conocí a Rafaela, hija de Julianita. Ambas habían sido loceras. Fue una experiencia preciosa. Era una mujer encantadora, muy cercana y muy cariñosa. A mí me hizo sentir orgullosa de ser colega suya. Me hizo sentir muy bien.
Los artesanos son distintos, tienen una sensibilidad especial, un apego profundo a la naturaleza, están más conectados con la tierra. Menos superficialidad, menos prisa. Es otra manera de vivir.
Cuando pongo un puesto en las ferias, mucha gente me habla de sus abuelas o de sus tías. Se me arrima mucha gente mayor, y en ellos despierta una enorme nostalgia.
Yo me quedé aquí. No puedo volver atrás. Me imagino dejando el barro y volviendo a ser ama de casa y no, no puedo. No cabe en mí abandonar esto. Ya me moriré así. Paso muchísimas horas en mi taller, es mi vida. Si alguien me busca, ya sabe que el primer sitio donde tiene que venir a mirar es aquí.

* Basto: masa o porción de barro bien amasada, compactada y preparada para ser utilizada en alfarería o cerámica.

** Bernegal: recipiente tradicional de barro cocido, típico de la loza primitiva de las Islas Canarias, utilizado para contener, refrescar y servir agua. Se caracteriza por ser una vasija de capacidad media (aprox. 10 litros), que se coloca bajo la piedra destiladera para recoger el agua filtrada.