Soy mitad filipina y mitad española. Mi madre vino de Filipinas a buscarse la vida en Gran Canaria, y aquí fue donde conoció a mi padre.
Desde pequeña he tenido un vínculo muy especial con la cocina. Mi padre es cocinero y mi madre siempre ha preparado comida filipina en casa, ¡me gustaba muchísimo!
A mi alrededor, casi todos los niños eran canarios y nosotras –mis hermanas y yo– éramos claramente las más diferentes, como muy exóticas. Mi madre solía hacernos trenzas con bolitas, teníamos la piel súper morena, aunque, estando en San Fernando que estaba lleno de extranjeros, tampoco era algo tan raro. A veces llevábamos trajes tradicionales.
No me preguntes muy bien por qué, pero recuerdo tener fotos con gorro y todo. Era súper divertido, aunque salía con cara de amargada como diciendo: “¿por qué coño me estás poniendo esto?” (risas).
Casi siempre comíamos comida filipina, es verdad que aprendimos a comer de todo, pero lo que menos solíamos comer era comida canaria.
Desde muy joven empecé a trabajar en la cocina con mi padre. Tenía un piscolabis en Telde que todo el mundo conocía como “El Papi”, era de bocadillos, sándwiches, etc.
Recuerdo que, cuando nos tocaba ir los fines de semana con él, nos llevaba a mi hermana y a mí y nos ponía a fregar platos subidas sobre una caja de Coca-Cola. Cuando llegaba el domingo, recuerdo tener las manos arrugaditas y decirle a mi madre: “¡Cómo cuesta ganarse el dinero!” (risas).
Con el tiempo, montó un bar y estuve ayudándolo a sacarlo adelante. Por las tardes, después de clase, trabajaba en la plancha y empezaba a cocinar más platos. Los fines de semana, además, abría para los desayunos. Es muchísimo trabajo, ¿eh? Te tiene que gustar de verdad. Creo que eso lo he tenido siempre marcado a fuego. Es algo que he vivido desde pequeña. Cuando mi padre tenía la discoteca y mi madre también trabajaba, recuerdo dormir encima de las neveras…, y años después, terminé viviendo esas mismas situaciones con mis propios hijos.
De mis padres he aprendido mucho sobre cocina, pero mi tía ha sido, sin duda, quien más me ha enseñado a preparar comida asiática. Mi madre cocina muy bien, pero mi tía ha sido una figura clave, una verdadera referencia para mí. Ha estado presente en los momentos más difíciles de mi vida. De ella recuerdo muchos platos, como el pancit* o las lumpias**.
Con los años, mi madre no me dejaba estudiar cocina, que era lo que realmente me gustaba. No quería que me metiera en el mundo de la hostelería porque casi toda nuestra familia trabaja en ese sector y sabía lo sacrificado que era. Quería que tuviéramos una vida mejor. Yo me puse de cabezona, pero no hubo manera (risas).
Siempre me gustaron las bellas artes, pero no tuve la oportunidad de ir a la Universidad de La Laguna ni salir fuera. Así que opté por el bachillerato artístico. Al terminarlo, me mudé a Las Palmas a vivir con mi tía y empecé un ciclo superior de fotografía en la escuela de arte.
Después vino la etapa en Madrid, donde hice un máster de fotografía. Al terminar, como no podía permitirme quedarme allí, regresé a Las Palmas y empecé a trabajar retocando fotos, haciendo fotografía de joyería, de barcos (los típicos de Puerto Rico) y, entonces, me hundí en la miseria. Aquello no era lo mío, a mí lo que me gustaba era la fotografía artística, los desnudos. No veía que hubiera un lugar para mí en ese mundo.
Trabajé en tiendas de ropa, pero siempre tenía la cocina en la cabeza. Y, después de tener a mi primer hijo, decidí montar el restaurante “Borneo” en un centro comercial de San Fernando que estaba bastante abandonado. Abrimos allí porque era lo único que me podía permitir. El sitio no estaba nada bien, era horrible (risas). Tres cuartas partes del centro comercial estaban cerradas, solo funcionaban los almacenes.
Al principio abrí con una carta similar a la que trabajaba con mi padre: hamburguesas, sándwiches, bocadillos…, y una parte asiática que llevaba con un cocinero indonesio. Empezamos a hacer algunos platos, pero nadie los quería. Todo el mundo pedía hamburguesas y bocatas. Aún así, de esa etapa aprendí muchísimo.
Se nos ocurrió hacer una inauguración a lo grande para que la gente probase los platos asiáticos. A partir de ahí, dimos nuestros primeros pasitos. En verano nos empezó a ir muy bien, incluso recibimos reservas para Navidad. Pero el día de mi cumpleaños quemaron intencionalmente el local y tuvimos que cerrar más de un mes, aunque aprovechamos para hacer una pequeña reforma y mejoras.
Tengo muy grabada la imagen de estar preparando lumpias en una mesa mientras mis dos hijos dormían encima de las tablas de surf. Era como revivir mi infancia.
Con el tiempo, el restaurante se fue haciendo más conocido, pero a los 5 años tuve que irme porque la dueña del local quería subirme el alquiler, y lo mismo pasó con el almacén que tenía alquilado. Así que decidí mudarme a otro local por la zona de Alejandro del Castillo. Cambiamos muchas cosas: la carta, las instalaciones… El nuevo sitio era más bonito, más grande y allí empezamos a vender mucha más comida asiática.
Y entonces llegó el COVID. Todo cambió. Antes de la pandemia, la vida era otra. Tuvimos que cerrar, y fue durísimo. Es verdad que el dueño del local nos ayudó y no tuvimos que pagar el alquiler durante ese tiempo, lo cual fue un alivio, pero había mil cosas más que seguir pagando.
Decidimos abrir para ofrecer comida para llevar. Todo era un follón: las medidas higiénicas, las restricciones…, fue una locura. Trabajábamos solos, sin ver a nadie por la calle, todo el día con gel hidroalcohólico, mascarillas, guantes…, hasta que poco a poco empezamos a abrir la terraza y a recibir a los primeros clientes.
En esa época conocí a Javier Suárez, un crítico gastronómico. Vino al restaurante y escribió una crítica súper bonita. Cuando la leí se me saltaron las lágrimas. Gracias a él vino muchísima gente nueva.
El proceso de volver a abrir fue muy bonito, reencontrarse con clientes fue reconfortante. Ver que la gente seguía ahí, apoyándote, es de las cosas más bonitas que te da la hostelería. Lo agradecida que es la gente. Que alguien te diga que tus platos le recuerdan a sus vacaciones en Filipinas o Tailandia…, eso es un sueño. Estaba llenita de amor.
A los seis años cerré porque me mudé a Las Palmas. El sur de la isla había cambiado mucho; ya no había temporadas como las que había antes y la mayoría de mi clientela venía de la capital. Yo quería algo más pequeño, no tan grande, y en Las Palmas el movimiento es más céntrico.
De los platos que más orgullosa estoy son el curry de lubina y el sísig***.
Uno de los momentos más especiales en el restaurante fue cuando vino a comer el cónsul de Filipinas con un grupo de doce personas y me pidió que le preparase la comida que se hacía en mi casa. Le preparé uno de los platos que más he comido con mi familia, el adobo: un guiso con soja, ajo y laurel que se suele mezclar con pollo y cerdo. Me escribió una nota diciéndome que le había hecho recordar los sabores de su infancia, que estaban muy contentos. Incluso me invitó a ir a FITUR a representar a Filipinas en su stand. ¡Aquella visita me hizo muchísima ilusión!
Los filipinos tienen un vínculo muy fuerte con la cocina. La familia se reúne, comparten ese momento feliz alrededor de la comida. La cultura asiática es muy de compartir, de fomentar los vínculos familiares. Si vas a casa de un filipino y no te llevas comida al salir, se considera una falta de respeto.
Mi último restaurante duró un año y medio. Me quemé en muchos aspectos. Tenía un equipo humano buenísimo, trabajábamos muy bien, teníamos una clientela fiel, pero sentía que trabajaba solo para pagar trimestres, autónomos, personal, etc. Me cansé de pagar y pagar.
Estuve dándole muchas vueltas a si cerrar o no. Al final, sentía que estaba terminando una etapa en la que había vivido un sueño. Cuando has luchado tanto por algo y por fin lo vives, cuesta soltarlo.
Por esa época, me ofrecieron un puesto como chef corporativa y técnico de productos en una empresa del sector, y eso fue lo que me ayudó a dar el paso.
Ahora vivo a otro ritmo, tengo más tiempo para mí y mi familia. Todavía se me hace raro tener los fines de semana libres (risas).
* El Pancit es un plato típico de la cocina filipina, aunque se piensa que es de origen chino. El plato, muy popular en Filipinas, es muy similar al yakisoba y al yaki udon.
** Lumpiás son rollitos de origen chino similar a los rollitos de primavera fritos provenientes del Sudeste de Asia.
*** El Sísig es una comida filipina. Se hace con cabeza, orejas e hígado de cerdo, y es usualmente servido con chilis picantes y calamansí.