Desde muy chico tuve inclinación por la cultura, por los clásicos universales de la literatura, la pintura, etc.
Mi madre me leía los cuentos de los hermanos Grimm y de Perrault poniendo la vocecita de los personajes. Me inculcó el amor tanto por el teatro como por la literatura.
La hermana de mi abuela era profesora de literatura en el instituto y, con trece años, salía de clase e iba a su casa a leer los clásicos como la Metamorfosis de Ovidio. Otros pibes ya andaban pensando en fumarse un canuto y yo estaba más en la literatura, en los clásicos, traducir latín y griego, y en leer Drácula de Bram Stoker, Frankenstein de Mary Shelley…
Tenía la inclinación por explorar horizontes mentales y buscar la experiencia máxima en todo momento, buscar la parte oscura de la cultura, lo diabólico, lo luciferino. El heavy metal me atrajo profundamente. Mientras otros escuchaban simplemente heavy metal, yo escuchaba Hijos de Caín con una biblia abierta por el génesis con velas puestas. Quería que la experiencia fuera total.
El libro que más me marcó fue El Silmarillion de Tolkien. En películas como El Señor de los Anillos tendemos a pensar en los elfos como seres puros, luminosos, El Silmarillion, en cambio, los pinta como seres iracundos y lujuriosos, como seres de tragedia griega, con una hybris* muy profunda.
Los seres humanos estamos conectados con una sensibilidad más o menos destacada hacia lo ominoso**, lo luminoso, el numen***, lo indescriptible y la verdad oculta tras la realidad. Creo que, por factores puramente biológicos, mi organismo ya estaba predispuesto a ese numen. Lo acentué intencionadamente; buscaba siempre la experiencia culmen.
Empecé a leer sobre drogas y a devorar autores, especialmente Antonio Escohotado. Ahí fue cuando probé las sustancias. Caí en el pozo casi premeditadamente.
Fue una época lovecraftiana****. Coincidió con un momento de carencia socioeconómica muy fuerte, de desarraigo. Sin ingresos, dependiendo de los demás. El cannabis me derivó en un brote psicótico muy fuerte, muy virulento. Terrorífico total.
El brote me dio con 21 años, pero desde los 16 andaba por ahí diciendo que me gustaría estar loco para saber qué se siente. Se podría decir que, a fuerza de buscarlo, lo conseguí.
Tenía la creencia firme de que me iban a ejecutar de manera sumarísima; para mí, todo lo que estaba viviendo en mi mente era totalmente real.
Mi psicosis, al principio, era un clásico ejemplo de mesianismo: creía que había venido al mundo para ayudar a los demás y que tenía un mensaje que transmitir. Lo curioso es que no recordaba el mensaje en sí mismo, tan solo la certeza de que existía.
Vivimos en una sociedad que, por un lado, promueve el individualismo que favorece el mesianismo y, por el otro, nos reduce a simples cifras en el sistema tributario de la Seguridad Social. Una cara más entre la multitud. Ese individualismo choca de frente con una colectividad anónima que te empuja a hacer destacar tu voz por encima del resto, a gritar para que se te oiga en un mundo que, sistemáticamente, nos silencia.
Luego, ese mensaje se fue diluyendo y cada vez me resultaba más difícil comunicarme de manera clara. Empezaron los pensamientos inconexos, la verborrea, hasta que llegó un punto que perdí por completo la noción de la realidad y me obsesioné con denunciar situaciones de injusticia.
Me vi envuelto en un lío con las fuerzas del orden y, de ahí, directo al hospital. Hasta el día de hoy, llevo diez años como paciente de psiquiatría. Las cadenas más poderosas para el ser humano son la medicación psiquiátrica, porque constriñen el pensamiento justo allí donde nace: en la bioquímica cerebral.
Y entonces bajé a la tierra. Después de un proceso psicótico suele sobrevenir una depresión al tomar conciencia de lo mal que estuviste; en mi caso, pasé unos años sumido en una depresión severa. Los vecinos llamaban a mi madre para preguntarle si iba a cometer alguna locura. El estigma y el ostracismo hacia la familia son brutales.
Curiosamente, que me llamaran loco me resultaba hasta placentero, porque siempre he sido una persona teatrera. La locura tiene ciertas ventajas: puedes decir lo que quieras, que siempre tendrá un extraño crédito de realidad. Existe la contradicción de que nadie confía en un loco como una persona fiable pero, al mismo tiempo, se dice que los locos, los borrachos y los niños siempre dicen la verdad. El poeta Leopoldo María Panero decía que “lo mejor de estar loco es que puedes decir lo que piensas en todo momento”.
El rechazo social fue mucho mayor con la drogodependencia que con el problema de salud mental. Con la adicción el estigma es más lacerante: para la sociedad es mucho más molesto un yonki que un loco. El loco, al fin y al cabo, siempre se puede cronificar con medicación y se asume que la culpa no es del todo suya. Pero al vivir en una cultura judeocristiana y greco-latina, con todo el peso que conlleva el concepto de culpa, al yonki se le juzga como a un hedonista al que se le ha ido de las manos. ¿Pero de verdad alguien cree que un yonki es culpable de lo que le pasa?
No pienso que sea un ser erróneo. Quiero tener hijos biológicos y seguramente los tendré algún día. Creo que soy el hombre del mañana. No soy el fallo de una cadena de montaje que ha sido descartado para la producción en serie; me veo más como una versión demo que como un error del sistema. Quiero contagiar el fuego de las preguntas a la gente, inocularles ese resquemor de pensar qué estamos haciendo como sociedad. Ese puede ser mi mensaje: QUE SE HAGAN PREGUNTAS.
Quizás en los clásicos esté la solución para lo postmoderno. En este siglo tan apurado, volver a Fray Luis de León, a lo bucólico y a lo campestre, tal vez sea la única salida.
A causa de la adicción, muchas puertas se me cerraron y me fui a vivir con mi abuela. Hoy entiendo el distanciamiento de mi madre: sufrió demasiado el ostracismo social y necesitó alejarse para cerrar esa herida. Al principio, por mi forma de ser, la convivencia con mi abuela estuvo llena de tiranteces, pero poco a poco empezó a disfrutar de mi compañía y conseguimos una buena convivencia. Me ayudó muchísimo; incluso aceptó a mi pareja varón, con quien compartí casi cinco años de mi vida.
Al tiempo, ella enfermó. Fue un mazazo de los grandes. Estuve cuidándola con mis tíos y mi madre, manteniéndome en un estado de abstemia total de alcohol y sustancias. Tenía un tumor cerebral que fue diagnosticado tarde. Cuando la ingresaron en el hospital para sus últimos días, yo colapsé y me ingresaron en psiquiatría. Me dio un brote psicótico como la copa de un pino por el shock y el cansancio extremo de todos los cuidados.
Al año de fallecer mi abuela, me metí en el crack. Lo había probado de muy joven y, recordando su efecto, vi que la cocaína ya no conseguía lo que yo buscaba: anestesiarme emocionalmente. Me lancé sin pensar. Caí de lleno por intentar evitar el duelo. Sin embargo, la sustancia me trajo un infierno muchísimo peor que la muerte de mi abuela. Lo que aparentaba ser el remedio para evitar el dolor se convirtió en una enfermedad. Hubiera sido mejor transitar el duelo en su momento que tener que cruzar semejante suplicio.
Yo tenía la iniciativa de salir de ese mundo, pero jamás lo hubiera logrado sin el empuje de mi pareja de aquel momento, Iliomar, y de mi madre. Ellos me salvaron. Me llevaron al CAE (Centro de Atención Especializada), se aseguraron de que cumpliera con la cita y de ahí me derivaron a Yrichen*****. Estuve seis meses ingresado y las salidas eran paulatinas. Allí dentro me di cuenta de que mi verdadero mundo estaba donde siempre: en los libros, en el teatro, en el arte y en la música, no en la droga dura. Es una trampa perfecta: empieza con un subidón eufórico que es guay, y termina en una esclavitud que te arrastra a los fondos más bajos. Soy un defensor de la libertad, ¿y qué peor cadena existe que la que se impone uno mismo?
Ahora empiezo a disfrutar de la vida otra vez. Me fui a vivir a una vivienda municipal para personas sin hogar del Ayuntamiento de Las Palmas de Gran Canaria, en La Isleta. Tuve algunas recaídas porque todavía arrastraba asuntos internos pendientes, pero el punto de inflexión definitivo llegó al entrar en contacto con el Café de Espacio y Espiral. Ahí se me abrió un horizonte de oportunidades.
Sé que no habría podido sobrevivir a todas las cosas negativas que me han sucedido si no fuera por las herramientas culturales que me han protegido del mundo. Hay una frase de la anarquía que dice: “La cultura es una barricada”.
Estamos mejorando como sociedad; a día de hoy se nos empieza a mirar de otra manera. Al fin y al cabo, ¿quién no esconde una pequeña locura? Las estadísticas dicen que, de cada mil canarios, 518 sufren algún tipo de problemática de salud mental. ¡Más de la mitad! Esto se debe a un problema socioeconómico profundo, a un desarraigo cultural e identitario. Si tenemos la mayor tasa de obesidad infantil es porque las familias no pueden permitirse alimentos de calidad para sus hijos y nos alimentamos a base de nuggets y fritos. Tenemos una de las mayores tasas de absentismo escolar. Todo eso tiene la misma raíz: la incapacidad de ver un futuro más allá de la hostelería en el sur o las plataneras en el norte.
He logrado reconducirme gracias a la antropología. Empecé a estudiar en la UNED con unos 24 años por consejo de un amigo. Él me dijo: “Ya has probado los talleres de arte y la escuela de actores; nada de lo artístico te funciona porque divagas demasiado. Métete en una carrera de hincar los codos”. Investigamos opciones dentro de humanidades, que era donde claramente debía estar, y vimos que la antropología tenía cada vez más salidas.
Durante el primer año no terminaba de entender qué era la antropología por lo amplia que es como ciencia. Pero ya en segundo fui desentrañando el significado de la antropología social y cultural: el estudio de la interacción de los seres humanos en grupo. Si la sociología se enfoca en el componente estadístico y cuantitativo, la antropología es fundamentalmente cualitativa. Nuestro método es la etnografía: registrar lo que la gente hace. Podría definirse como un periodismo sociológico.
La antropología reporta un hecho y lo compara con otros para construir un campo de conocimiento sobre un fenómeno cultural determinado, ya sea la danza, la música o el deporte.
Etimológicamente significa “ciencia del ser humano”, y es una de las disciplinas capaces de definirnos, siempre y cuando trabaje en conjunto con las demás ciencias y artes del mundo.
A día de hoy, me preocupa el blanqueamiento del discurso antidemocrático entre los jóvenes de 15 a 25 años. Siempre digo que, a principios del siglo XX, los fascistas necesitaban encañonar a alguien con una pistola para alistarlo en sus ejércitos; hoy en día encuentran voluntarios a punta pala a golpe de algoritmo y móvil. Se percibe un miedo atroz a perder los privilegios de ser varón, blanco, heterosexual y rico, y ese temor empuja a los jóvenes a abrazar el fascismo. Es el cambio de una hegemonía cultural a otra donde los normativos ya no están premiados de serie. Ha surgido una nueva simbología y nuevos espacios de radicalización. Mientras que a principios del siglo pasado los fascistas se reunían en teatros, cafés y ateneos –como hacían todos los colores políticos de la época–, hoy su lugar de culto y reunión es el gimnasio. En las calles se está normalizando un discurso tremendo.
A medida que avanzaba en la carrera pensé en la docencia, pero luego descubrí un campo de acción fascinante: la antropología médica, que es en la que me quiero especializar. Aún debo terminar el grado: me faltan cuatro asignaturas. El TFG (Trabajo de Fin de Grado) lo enfoqué en la psiquiatría, y lo titulé: “El cuco salió del nido. Estrategias y mecanismos de socialización en los internados psiquiátricos”.
A través de Espiral conocí por teléfono al doctor Rafael Inglot, todo un referente. Atesoré las pocas palabras que pudimos cruzar y tengo claro que quiero seguir esa vía.
La antropología médica de salud mental, donde más ha incidido es en el tema de los cuidados y los afectos durante la enfermedad; demuestra cómo un ambiente positivo lleva a una mejor recuperación y ofrece una crítica a la institucionalidad psiquiátrica.
Algo que siempre me cautivó fue la antipsiquiatría de los años 60 y 70: psiquiatras con una honda formación antropológica que respondían al planteamiento bioquímico a favor de un enfoque sociocultural. Ellos entendían la locura como una enfermedad sociocultural. Basta con abrir un poco los ojos para verlo: para que exista un “loco” se necesitan tres cosas: la persona estigmatizada, la persona normalizada y un tercero que valide la comparación. Nosotros los cuerdos, ellos los medicados. Nosotros los buenos, ellos los malos. Esa dicotomía entre médico y medicado es la que urge romper.
En Espiral he visto mucha gente con ganas de leer, de indagar y de culturizarse, y eso me parece un síntoma de salud absoluta.
Cuando termine el grado en la UNED, haré un máster en la Universidad Rovira i Virgili de Tarragona, que cuenta con una especialidad en Antropología Médica. Después, mi meta es realizar el doctorado y mi futura tesis en Antropología Médica de la Salud Mental y Drogodependencia también en la Rovira, ya que cuenta con profesores de referencia como Oriol Romaní y Josep Comelles, quienes han trabajado mucho sobre la marginación en el ámbito de la salud mental.

El alma herida

El alma herida, atravesada por surcos de dolor, busca pero no encuentra. ¿Qué es el mundo?, ¿qué soy yo?. ¿Qué es la razón?
Pues esa es mi condena, no tener la razón, ni siquiera la de ser.

ERC

*La hibris (o hybris) es un concepto griego que significa «desmesura». Representa un orgullo o confianza en uno mismo exagerados y la falta de moderación.

**Lo ominoso es un concepto desarrollado por Sigmund Freud. Describe lo siniestro; aquello que nos resulta profundamente familiar y hogareño, pero que por algún motivo se vuelve terrorífico, extraño y oculto. Es la incomodidad de descubrir un secreto reprimido de nuestra propia mente que sale a la luz.

***Un numen es una deidad dotada de un poder misterioso y fascinante, o cada uno de los dioses de la mitología clásica. En sentido figurado, también se refiere a la inspiración artística o al talento creador.

****Lovecraftiano hace referencia al subgénero del terror y la ciencia ficción (horror cósmico) inspirado por el escritor H. P. Lovecraft. Se centra en el miedo a lo incomprensible, donde los humanos son insignificantes frente a deidades alienígenas indiferentes, lo que suele conducir a la locura.

*****Fundación Canaria Yrichen es una organización sin ánimo de lucro fundada en Gran Canaria en 1989. Su objetivo es ofrecer tratamiento, apoyo psicológico y acompañamiento a personas con conductas adictivas y en situación de exclusión social, ayudándoles en su reinserción y recuperación.