Siempre he sido una persona activa, de niña me encantaba hacer de todo. En casa no paraba y, en el colegio, me apuntaba a todas las actividades que podía, intentando participar en todo, como una niña sin discapacidad. Supongo que era una niña feliz. Nunca he dejado que nadie me diga si soy capaz o no de hacer algo. Siempre digo: “Déjame probar para saber si soy capaz o no”; que tú pienses que puedo o no puedo hacerlo es cosa tuya, no mía. Soy un poco testaruda (risas), al final me han dejado, siempre lo he conseguido y he puesto mi empeño para que así sea. Nunca fui consciente de que era una niña con discapacidad. He venido a ponerme una etiqueta después, de mayor, pero yo nunca me he sentido una persona con discapacidad. Evidentemente, notaba que la gente me miraba diferente. Sufrí una parálisis cerebral que me causó un daño neuronal y, de ahí, tengo una espasticidad muscular* que hace que mis músculos estén más rígidos de lo normal. Tengo afectadas las dos piernas y los dos brazos, pero en uno no lo noto. Nunca me ha gustado la palabra “discapacitada”. He trabajado por quitar esa connotación y decir: “Soy una persona con discapacidad”, creo que es el término adecuado. Existe una gran diferencia porque ser discapacitada es un adjetivo que pretende describirme, pero en mi caso, la discapacidad no me define. Es simplemente una característica más, como el hecho de ser morena o rubia. En casa yo nunca he sido tratada diferente con respecto a mi hermano. Siempre se nos ha tratado por igual. Yo no tenía un tratamiento especial por tener una discapacidad. No ha habido distinciones, si yo quería montar en bicicleta, mis padres me compraban una bicicleta, si yo quería montar en patines, mis padres me compraban unos patines. Nunca me dijeron: “No puedes hacer esto”.  No he sido mucho de sufrir bullying, pero recuerdo un par de situaciones en el colegio un poco difíciles con algunos compañeros, sobre todo con una chica. Una niña de clase que siempre que yo pasaba a su lado me tiraba al piso. La profesora no hacía nada al respecto, entonces mi madre me dijo un día: “Si la profesora no hace nada, tú defiéndete”. Entonces un día le mordí, me quedé pegada a su brazo y, al final, me castigaron y llamaron a mi madre. Ella habló con la profesora y le dijo que, si ella no me defendía, tenía que ser yo la que lo hiciera. Del instituto recuerdo que todos los años se hacía una gran caminata al Barranco de Los Cernícalos, los profesores siempre me preguntaban si estaba segura de ir, y yo les decía: “Mira, yo lo voy a intentar, si no lo intento no sé si voy a ser capaz”. ¡Y lo era! En la universidad me lo pasé pipa, siempre he tenido mucha facilidad para hacer amigos. Conocí gente nueva, descubrí otro mundo, aprendí cosas totalmente diferentes, empecé a salir, a relacionarme de otra manera. Casi todos los fines de semana salía de marcha, aunque tuviera un examen el lunes (risas). Yo lo recuerdo con mucho cariño.  Mi discapacidad tiene un gran componente emocional cuando estoy pasando por un momento de estrés o nervios, me bloqueo, siento rigidez muscular y no puedo moverme. En los últimos dos años, de los 30 a los 32, hubo un break en mi vida, una crisis existencial. Mi pareja me dejó, todo lo que había a mi alrededor se desmoronó. Ya no me notaba igual de ágil. Hizo que mi discapacidad se sintiera aún más evidente. Tuve la primera crisis al pensar que no iba a poder caminar. Mi discapacidad no es degenerativa, pero me podría atrofiar si dejara de hacer rehabilitación. En esa época fui al traumatólogo, me encontraba muy mal físicamente, pero no lo comenté porque no quería preocupar a nadie. Fui a la consulta con mi madre y el traumatólogo me empezó a hacer preguntas, en un momento dado me dijo: “Ya sabes lo que vas a necesitar dentro de unos años, ¿no?”. Lo miré y me eché a llorar. Mi madre se quedó asombrada y le preguntó: “¿Qué va a necesitar?”. Su respuesta fue: “Un bastón”. A veces, cuando me veo mal físicamente, me pongo a pensar que mañana me voy a quedar en una silla de ruedas, y así llega la ansiedad por no saber qué va a pasar. No quiero nada que me limite. En medio de toda esta situación empecé a entrenar atletismo con el CD Impulso. Poco después, recibí un correo electrónico de Mariona, de Relevo Paralímpico Canarias, informándome sobre un evento de captación de deportistas que iban a realizar en Vecindario. Yo estaba en una época de buscar y hacer millones de cosas, así que me apunté. La verdad que estuvo súper guay, vi un montón de gente y aprendí muchísimo de otras personas con discapacidad. Uno de los preparadores de paratriatlón vio que tenía posibilidades y me invitó a que fuera al evento de Madrid. Al final no me seleccionaron, pero me animaron a seguir mejorando para futuras pruebas.  En el CD Impulso entrenamos dos veces en semana, dos horas cada día. Somos un club de personas con daños medulares, discapacidades físicas por malformaciones, amputaciones, accidentes… La verdad es que todos nos llevamos bien y nos apoyamos muchísimo los unos a los otros. El ambiente es increíble, con entrenadores, deportistas, familiares y voluntarios que hacen que todo funcione. Sin ellos, muchas personas no podríamos practicar deporte. Siempre digo lo mismo: “¡No te cierres a las oportunidades sin haberlas intentado antes!”.

* La espasticidad muscular es un trastorno caracterizado por un aumento anormal del tono muscular, resultando en rigidez y contracciones involuntarias. Esta condición puede afectar la movilidad, el habla y la realización de actividades diarias. Se origina por una alteración en la comunicación entre el cerebro y los músculos, a menudo debido a lesiones cerebrales o de la médula espinal.